Coronavirus, miedo y pobreza, por Israel Shamir

En estos tiempos de coronavirus, suelo escuchar Always look on the bright side of life, de Monty Python. Esta negra nube sí que tiene su lado positivo. Mientras que el virus deambula por las calles, los adolescentes se dignan pasar más tiempo con sus padres; las esposas se encuentran en casa cocinando en vez de salir a cafés chics con atractivos extraños; no tenemos que planear unas vacaciones carísimas en islas lejanas; tenemos más tiempo para leer libros o jugar a las damas con los niños.  Este modo de vida modesto que nos han impuesto (no más restaurantes ni fiestas) es apropiado para la Cuaresma, este sombrío periodo que precede a la Pascua. Podríamos seguir viviendo así en casa, en esta apacible Cuaresma, estilo 1956.

A pesar de mi edad, la enfermedad no me preocupa para nada. Se muere sólo una vez y es inevitable. Es la intervención autoritaria del gobierno la que en realidad me preocupa. Le temo al confinamiento, más no a la enfermedad. Consideremos el ejemplo de Israel, este proyecto piloto de los Maestros del Discurso.

En Israel, como en un pequeño número de países, se ha ordenado el confinamiento más severo: a la gente no se le permite salir de sus departamentos a menos que sea para comprar comida. Hasta un paseo solitario por la costa o en el parque están prohibidos, la policía y el ejército están ahí para asegurarse de preservar el orden. Un clima agradable, el azul Mediterráneo, las verdes colinas: pero no, hay que mantenerse recluidos. Una recomendación de quedarse en casa y en calma sería aceptable; pero con esta encarcelación total de los ciudadanos se trata de un paso que ningún tirano había dado.

Ahora, las autoridades nos tienen donde siempre han deseado: presas del miedo, permitiéndonos sólo la compra del pan, sin protestas ni manifestaciones, distanciamiento social en vez de solidaridad. La primera víctima del coronavirus en Israel es un anciano de 88 años, crónicamente enfermo y sobreviviente del Holocausto (pero sin el virus, ¿seguiría viviendo eternamente?). La segunda víctima es una señora mayor con todas las enfermedades posibles, coronadas por el coronavirus. La tercera y última víctima es un nonagenario. La enfermedad no es tan grave, es el remedio lo peor. Después del anuncio de confinamiento, 600 000 israelís solicitaron el seguro de desempleo, después de que pequeñas y medianas empresas los enviaran a su casa sin paga. Estos desempleados pueden pedir préstamos, a pagar con intereses después de que la situación de emergencia haya terminado; sin embargo, nadie dice de dónde sacarán el dinero para pagar.

Los servicios de inteligencia interior (el Shabak), de seguridad exterior (el Mossad) y la policía se han unido para crear y activar un sistema futurista de vigilancia total. Ahora, conocen y siguen a todos los residentes de Israel, en cada momento. Si una persona tiene fiebre y se le considera como posible portadora del virus, el sistema de vigilancia rastrea a todo aquél que haya tenido contacto reciente con ella, o que haya pasado por su lado, y le manda un mensaje de texto exigiéndole un aislamiento de dos semanas. Ahora, son capaces de rastrear todos los movimientos y reuniones de todos los residentes israelís en todo momento. Los efectivos de la policía secreta del mundo jamás tuvieron tales poderes mágicos, hasta hoy. El Estado judío es el laboratorio de pruebas del plan mundial de vigilancia total. El coronavirus se irá, pero los mecanismos de vigilancia total se quedarán, como lo ha predicho Yuval Noah Harari. Sólo el miedo a la pandemia podía hacer que la gente aceptara tal situación, y así pasó, por el pánico al coronavirus.

La preocupación por el virus no es nada comparada con las terribles consecuencias de este confinamiento masivo. La economía se desintegrará y los trabajadores en situación precaria se verán arruinados y empobrecidos. Tendrán que trabajar al día para ganarse el pan o morir. Sólo los banqueros sobrevivirán y prosperarán, ellos y sus tropas liberales. En cualquier caso, es lo que esperan. El miedo y la pobreza nos esperan a nosotros si les damos carta blanca.

El mundo se divide hoy entre aquellos que desean someterse al confinamiento y aquellos que preservan un poco de salud mental. Los Maestros del Discurso, los medios liberales y sus adeptos están todos a favor del confinamiento. El Guardian y el New York Times no dejan de predicar el peligro mortal del coronavirus. Las cadenas de televisión esparcen el pánico. Intenté ver las noticias en la televisión israelí, pero no encontré ni una noticia, sólo histeria.

El presidente Trump hizo un valeroso intento por mantener a Estados Unidos en marcha, pero el New York Times lo acusó de complicidad en la muerte masiva de ciudadanos americanos de la tercera edad, así que tuvo que ceder y permitirles el cierre de algunos estados. Todavía contempla de alguna forma salvar a su país, pero ¿se atreverá? Su contraparte británica, Boris Johnson, ya se ha rendido después de cierta resistencia al inicio de la crisis.

Hay todavía algunos resquicios de salud mental. Suecia se mantiene firme como un gran ejemplo a seguir. Aunque se le ha pedido a la gente mantener la calma y salir lo menos posible, la industria del país no se ha detenido, las escuelas y jardines de niños siguen abiertos, también los cafés y los restaurantes; los trenes siguen funcionando y no se ha mandado al ejército a ocupar las ciudades suecas. La prensa progre de Suecia, controlada por el grupo Bonnier, intentó extender el pánico pero se le puso un alto tras la amenaza de una hostil adquisición de los periódicos del país. Las élites suecas saben que si permiten el colapso de las industrias del país a causa del confinamiento, Suecia regresaría a su situación de pobreza del siglo XIX. Es un precio demasiado alto de pagar por obedecer la línea del partido. Suecia posee su propia mentalidad independiente y un fuerte instinto de preservación que le ha permitido rechazar el euro y navegar entre los dos campos de enfrentamiento del siglo XX.

Rusia se mantiene, todavía, más o menos libre y abierta. El presidente ruso prefiere el justo camino medio. Fue a visitar a los pacientes afectados por el coronavirus en un hospital cerca de Moscú, cual Napoleón visitando a los apestados en Jaffa. En un discurso a la nación, concedió a cada ciudadano una semana completa de vacaciones pagadas, comenzando este fin de semana. Ningún confinamiento para Putin ni sus súbditos, así que los rusos pueden pasar estas vacaciones extras como les plazca. Asimismo, declaró moratorias de impuestos y préstamos hipotecarios; y para compensar el gasto, gravó a los rusos ricos con un impuesto sobre las transferencias al extranjero y en los intereses a depósitos bancarios, señalando que la crisis del coronavirus no será utilizada para robar a los trabajadores en beneficio de los banqueros. Previamente, el mandatario ruso había aprobado algunas medidas de protección, cerró las fronteras, pero aún así Rusia sigue siendo libre. Un bajo número de contagios en Rusia parece justificar la estrategia de Putin.

Un juego de tira y afloja parece librarse entre los adeptos rusos de los Maestros del Discurso y los partidarios de Putin. Los enemigos de Putin, los liberales de Moscú, exigieron seguir el ejemplo de Israel y parar la producción del país. Al mismo tiempo, les salió el tiro por la culata al cerrar los museos y teatros, quedándose sin ingresos. Putin incrementó su popularidad en el país al rechazar el confinamiento, mientras que el alcalde de Moscú, Sergey Sobyanin, es libre de introducir más restricciones locales, con el aplauso de los liberales.

Bielorrusia es el último bastión de la libertad: el virus les importa un comino, pero el país ha cerrado sus fronteras. Siempre he admirado a Lukaschenko, su presidente, a quien los medios occidentales llaman ‘el último dictador de Europa’. Ha dicho que el trabajo físico al aire libre y un shot de vodka al almuerzo te mantendrán a salvo, y tal vez tenga razón.

Después de repasar estas distintas reacciones ante el virus, podemos concluir: los liberales, las tropas de choque de los Maestros del Discurso, quieren la imposición del estado de sitio y del confinamiento por el ejército y la policía. Quieren que nuestra sociedad cometa un harakiri económico y condene a nuestros hijos a la pobreza que nuestros padres no vivieron. El miedo, la pobreza y la vigilancia es lo que sugieren para todos nosotros.

Como de costumbre, se proclaman como la instancia moral suprema al decir que lo hacen por el bien de la gente mayor vulnerable. Como de costumbre, mienten. No es moral preservar la vida de la gente mayor y enferma a expensas del futuro de nuestros hijos, y al precio de la devastación económica. La gente mayor tampoco está desprovista de poder. En la Unión Europea y en Estados Unidos los que gobiernan son gente mayor, porque se trata de países estables y seguros, donde el ascensor social lleva muchos años descompuesto. Trump tiene 73 años, Biden 77; Soros y Pelosi unos cuantos años más: están aterrados por el coronavirus.

Los banqueros, detrás de ellos, ven en la crisis del coronavirus una gran oportunidad para asustar a la humanidad y comprar sus activos a un precio reducido con el dinero que ahora obtendrán de la Reserva Federal. Los billones de dólares ofrecidos por la Reserva Federal serán entregados a los grandes banqueros y con ello comprarán el mundo. Esclavizarán a la humanidad, establecerán la vigilancia total y pondrán fin a la era patética de las libertades individuales. Si pueden castigarte por salir a dar un paseo, entonces lo pueden todo.

Ahora, ¿quién creó el COVID-19? Es una pregunta interesante, pero de menor importancia. Quién creó el pánico y quién lo está utilizando para alcanzar sus objetivos, esa es la pregunta importante. Yo llamo a esta entidad oscura ‘los Maestros del Discurso’. Tienen a los medios de comunicación, a los presentadores y a los expertos. El pánico por el coronavirus no es un fenómeno natural, el virus no es particularmente mortal; tal vez gente muy anciana y enferma se nos vaya más pronto, pero no es algo malo, porque las tentativas actuales de mantenerlos a todos con vida para siempre no han funcionado, puesto que ni siquiera pueden sobrevivir a una epidemia tan débil como la del coronavirus.

El escritor ruso, Alexei Tolstoi (pariente lejano y más joven de León Tolstoi), escribió un relato sobre un intento imaginario de gente mala queriendo apoderarse del mundo. Cinco magnates estadounidenses habían difundido el pánico diciendo que la luna estaba a punto de caer sobre la tierra y matar a todos. Sin que nadie lo sepa, bombardean la luna con sus poderosos misiles y la reducen a añicos. Mientras que la gente entra en pánico y la bolsa de valores colapsa, los cinco magnates lo compran todo y se vuelven los amos del mundo. Pero el miedo que supuestamente debía aterrar y engañar a los ciudadanos termina por liberarlos. Se olvidan de la bolsa de valores y desestiman todo el asunto de la propiedad privada como irrelevante. Al final de la historia[5], un joven entra al santuario de los cinco magnates y les pide que se vayan para que el lugar sea ocupado por un club de jóvenes.

En la vida real, el esquema es igual de meticuloso. Se arroja a la humanidad al pánico por la enfermedad. El pánico detiene la producción, las acciones se desploman, los tipos malos obtienen billones de la Reserva Federal y usan este dinero para comprar los activos del mundo. El mundo será devastado por el confinamiento, y la gente perderá sus medios para ganarse el pan. El sistema de vigilancia total, una vez instaurado, no les permitirá rebelarse. Al final, la gente obediente y útil será alimentada por sus generosos amos, mientras que los desobedientes morirán.

Hasta cierto punto, se trata de una repetición del plan de José en Egipto, según la Biblia. En el pasaje bíblico, José acapara el grano mientras que la cosecha es buena, y lo revende con una ganancia considerable cuando la cosecha escasea. Aprovecha para esclavizar a los egipcios. Nuestros amos no esperan años; crean la miseria al obligar a la gente a dejar sus trabajos, y después aprovechan para comprar todo lo susceptible de ser comprado.

Es un plan un poco frágil, de hecho. Su éxito depende de nuestra pasividad, por eso no debemos quedarnos sin hacer nada. Podemos rechazar el pánico, oponernos al confinamiento, prohibir el rescate financiero por banqueros y magnates. En vez del socialismo para ricos y del capitalismo para pobres, o sea lo que existe hoy en día, podemos hacer que los ricos paguen por el resto haciendo la transferencia de capital más grande desde Reagan y Thatcher, en la dirección opuesta. Que el gasto de la crisis del coronavirus recaiga en Bill Gates, en Jeff Bezos y en todos aquellos beneficiarios de los últimos años de abundancia. Como mínimo, los europeos y los estadounidenses deberían seguir el ejemplo de Putin y otorgar un salario completo a todos sus ciudadanos desempleados. Creo que estas medidas terminarían con el deseo de los Maestros del Discurso de mantenernos en el pánico.

Y así pues, veremos la crisis del coronavirus como una gran oportunidad de pasar más tiempo con nuestros seres queridos y quizás libere, sin querer, a los viejos y enfermos cansados de la extenuante carga de una vida improductiva.

Israel Shamir, 25 de marzo de 2020

One response to “Coronavirus, miedo y pobreza, por Israel Shamir

  1. Cesar 5 abril, 2020 / 2:40 am

    La información y la desinformación son terribles. Parece que las páginas de los diarios, en papel y digitales, se han propuesto crear pánico en el mundo. Pero no creo que sea idea de los directores de esos medios. El asunto viene de arriba. ¿ Bilderberg, quizás?

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