¿Defender Europa, o defender la raza blanca?

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La idea de Europa es hermosa, romántica, imbuida de una significativa historia llena de actos, gestos, hazañas, sagas y un sinnúmero de proyecciones de alto valor para cualquier euro-descendiente. Sin lugar a dudas, las memorias que evoca el folclor europeo, sus culturas y civilizaciones llenarían de orgullo incluso hasta al europeo más liberal. Sin embargo, Defender Europa hoy en día parece una idea reducida a una cuestión de defender formas de avanzado nivel económico, social y tecnológico y conservar el status quo desprendido de estas formas (en el caso de los más Occidentalistas), y una cuestión de defender y rescatar el pasado honorable y tradicional y su patrimonio cultural, es decir, lo que era Europa antes del advenimiento del Capitalismo (en el caso de los más Europeístas).

Ya el hecho de defender los actuales estados-naciones es tan inútil como obstinado e irracional, y el apego a las banderas y fronteras actuales e incluso a las constituciones con tal de evitar el avance de los separatismos, hace caer en el patetismo y el desapego de la realidad: vivimos en un mundo en el que el Liberalismo progresista e igualitario ha logrado hacer un gran borrón de los significados, por lo que tratar de ver reflejados los pasados gloriosos en las banderas de los estados-naciones es inocente e improductivo. Ataduras sentimentales a construcciones que de eternas tienen poco y nada sólo ayudan a proteger la institucionalidad de proyectos que no existirían de no ser por el apoyo de los conglomerados económicos, por un lado, y por la legitimidad del monopolio de la violencia, por el otro.

Es la concentración de poder en los estados-naciones lo que ha conducido a la actual debacle inmigratoria tercermundista y multicultural y a la inundación genética. Cada una de la bandera de estos estados debería arder y ser olvidada, y levantarse nuevas banderas. Al margen o en ausencia de los estados.

Se puede defender a Europa como una unidad político-administrativa, como una cultura e incluso como un territorio, pero es estrictamente necesario cambiar filosóficamente el paradigma de qué es lo que se está defendiendo. Pueden defenderse todas las construcciones materiales y espirituales de Europa, puede defenderse su arte e incluso pueden ser defendidos sus elevados  sistemas morales con todo lo que ello conlleva, pero eso tan sólo ayudaría a conservar momentáneamente una fotografía de lo que ha sido Europa. Podríamos maquillar y vestir un muerto y sacarlo a pasear: se vería como él, sería reconocido como él, pero no dejaría de ser un muerto, y como muerto podría ser reemplazable.

Defender Europa es defender indirectamente la raza blanca a pesar de que ésta es imposible de ser desligada de lo europeo. Sin embargo, para defender Europa se requiere tomar muchas medidas que, objetivamente, están fuera del alcance de las masas racialmente conscientes, por lo que el desgaste sería muchísimo mayor: asumiendo que estas masas racialmente conscientes se organicen, y luego de años de lucha logren detentar exitosamente el poder político, sería difícil que logren implementar alguna medida top-down que apunte a la protección y preservación racial y que sea abrazada por las masas no conscientes. Detrás de esta dictadura en forma de democracia entendida a través de un filtro socialista, se esconde un idealismo tan inocente y débil como el de todo socialismo, autocondenándose al colapso en función del tiempo. Mantener una superestructura sólo es posible a través de un despliegue despótico de poder centralizado, y tal acumulación de poder hace inmanejable e irrealizable cualquier utopía si no es a través de la alianza con poderes multinacionales (o transnacionales), a quienes no les es conveniente la separación del público en este mercado gigantesco.

Es hora de que esos sueños mueran junto con todas las esperanzas nacidas de la ilusión. En el mundo real debemos luchar por medidas realizables.

Las medidas top-down, es decir, aquellas emanadas de algún tipo de poder central y superior, que se mueve en una escala que difícilmente podría dimensionar necesidades e intereses de grupos que no les sirven más que como votantes, siempre encontrarán resistencia, y basta un deseo de querer revertir un orden establecido para que toda una estructura pueda ser subvertida… y otra tiranía se levante. Instalar muros y vallas puede ser efectivo, pero es más efectivo cuando los seres humanos ponen muros en sus conductas.

Las medidas bottom-up, es decir, aquellas estrategias y acciones que surgen y son aplicadas desde los individuos, pueden ser implementadas sin coerción, aún cuando las medidas top-down e ideologías del establishment desincentiven la preservación blanca y promuevan el mestizaje. Segregar y seleccionar será siempre posible a menos que existan regímenes autoritarios e ideologías que resulten tan invasivos que intervengan en la vida sexual del individuo, tal como ocurre con algunos aparatos socialistas y credos asiáticos capaces de dictar, incluso, que tal o cual posición sexual es pecado, o que las relaciones sexuales fuera del matrimonio son condenables. Todas estas ideas que bordean el fanatismo son sólo concebibles por los pueblos que cargan ciertos genes que deben seguir manteniéndose ajenos si es que queremos que la raza blanca sobreviva y se mantenga en el tiempo.

Introducir genes ajenos dentro de los stocks genéticos blancos es abrir la puerta para que una psique ajena penetre primero silenciosamente y luego ruidosamente dentro de las comunidades, sociedades y naciones blancas. Mantener valores, orden y sueños es absolutamente inútil si el pueblo que generó y elaboró dichas construcciones ve mermada sus tasas de reproducción, pues el nicho ecológico será reemplazado por otro stock. Defender Europa es importante, pero en defender la raza blanca es donde se traza la línea entre la supervivencia y la extinción.

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