Pedro Varela, democracia y la persecución selectiva del pensamiento disidente

PV habla público calle Séneca- Inauguración libreria 1991 marca de agua
Pedro Varela durante el discurso de Inauguración de Librería Europa en Noviembre de 1991.
Vivimos bajo una era dominada por el paradigma democrático. Democracia ha venido a identificarse en el imaginario y en el discurso estándar con “gobierno” o “política”. La asimilación a nivel popular de que es el modelo “non plus ultra”, se corrobora cuando en ocasiones surgen voces críticas o discordantes con sus presupuestos, formas, o entramado de canalización política. Inmediatamente tal criticismo se presenta de forma seria y analítica, las reacciones suelen ser de apología apasionada, descalificación con frecuencia ad hóminem a quien se atreve a cuestionar el statu quo e incluso, la penalización, con sanciones morales, económicas o cárcel a quienes se atreven a cuestionar dogmas caros a las élites encargadas de promover y sostener el sistema al que llaman “democrático”.
Es curioso cómo los ideales democráticos de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, de pretendida universalidad, en realidad, bajo el sistema imperante en occidente, de raíces ideológicas revolucionarias, se aplican de forma selectiva. Porque en la práctica, ni todos somos tratados como iguales, ni tampoco somos libres de sostener pública ni activamente cualquier tipo de pensamiento,  ni tenemos la hipocresía de pretendernos “hermanos”, cuando no tenemos la misma paternidad ni en el orden ideológico ni axiológico ni espiritual. Se crearon leyes liberales para garantizar la concreción de estos principios, teniendo además, fundamentos socio-políticos con fuerte componente filosófico, en que prima lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Se buscaba un difícil equilibrio entre la primacía de la voluntad de la mayoría y a la vez, la libertad y representación plural de diversos sectores y agentes sociales.
Pero, más allá de las críticas que merezca la democracia, entendida tanto como forma de elección y representación política, como el fundamento cosmovisivo orientador del ethos y pathos social, históricamente, bajo la modernidad y la posmodernidad, la democracia de cuño liberal no ha sido sino un espejismo artificioso. La apariencia externa, las instituciones, las elecciones, la conformación de partidos políticos, el acceso a una diversidad de ofertas culturales, políticas e ideológicas, permiten a las masas creer que son ellas las que tienen el poder y que están bien representadas, cuando, yendo más en lo profundo del sistema, se descubre que al final, siempre son élites las que terminan decidiendo el rumbo de las naciones, así como son ellas las que dictan los límites de la libertad, quiénes han de ser premiados o castigados moralmente. Para ello, se sirven, precisamente, de cúpulas dentro de los partidos políticos, círculos intelectuales enquistados en universidades y centros educativos o de difusión cultural, así como de líderes religiosos, de opinión, medios de comunicación y en general, de toda instancia que les pueda servir de eco y promoción de sus ideas e intereses, que con frecuencia, no necesariamente coinciden (al menos íntegramente) con los de las instituciones a las que pertenecen.
Es verdad que por su naturaleza liberal, la democracia contemporánea abre un espacio bastante extenso a distintas formas de pensamiento. Pero, dado que esta democracia existe no solo como forma externa, instrumental, de elección y representación, sino además, como una especie de por así decirlo, “religión” o establecimiento ideológico-moral, hasta cierto punto, es previsible que sus apologistas y los que le dan vigencia, se sientan en la necesidad de criticar, señalar, reprimir, combatir o hasta eliminar, a quienes sean identificados por ellos como amenaza seria al sistema. Y tales amenazas pueden detectarse atacando a sus ideales, objetivos, estructura o fundamentos mismos.
Pero, vale la pena señalarlo, el celo democrático, no sin cierta coherencia interna con su auto-preservación, tiene su pericia al punto de desplegar su fuerza coercitiva no solo cuando se considera atacado el sistema en sus bases, sino incluso cuando se ponen en duda o no se aceptan a rajatabla, las narrativas con visos de metarrelatos históricos, que inculca de forma dogmática (dogmas laicos, pero dogmas, al fin y al cabo) en el imaginario colectivo. No se permite el cuestionamiento, el matiz, la revisión, so pena de poner en riesgo la modelación del pensamiento y los intereses que defienden las élites semiocultas que gobiernan a los gobernantes.
Una hoz y martillo son permitidas. Se estampan en camisetas, libros, boinas, etc. Y no importa que hayan muerto alrededor de 100 millones de personas por quienes mostraban su “respeto” a dicha simbología y su ideología asociada. Sus adeptos no pocas veces incluso en organizaciones oficialmente reconocidas por los gobiernos se proclaman ufanamente como “revolucionarios” o “antisistema”, sin que los verdugos democráticos les caigan encima con sus hachas justicieras. Cientos de miles murieron o sufrieron estragos por las bombas norteamericanas en Hiroshima y Nagasaki, pero ignoro que existan organizaciones que les estén pidiendo indemnizaciones millonarias a los gringos o que cada año produzcan películas y documentales sobre este espantoso evento. Pero, si se tiene la “desgracia” de ser fascista, nacionalsocialista, monárquico, católico tradicional o en general, una persona con principios y valores tradicionales dispuesta a defenderlos de veras, entonces la intolerancia de los tolerantes se detona rabiosa e inmisericorde. Y menciono a estos grupos, no porque los considere con igual valor, sino, porque somos los que estamos en las mira de enemigos comunes y además, compartimos no pocos ideales e intereses.
En julio de este año, por cuarta vez, el historiador revisionista español, Don Pedro Varela Geiss, fue detenido, su domicilio fue registrado por la policía, tras derrumbar la entrada, estando él ausente, sus secretarias arrestadas y su Librería Europa, precintada, decomisándosele más de 15.000 libros y equipos informáticos. Pasó unos días detenido y tuvo que pagar, con la ayuda de un benefactor, 30.000 euros como fianza para no ir a prisión ¿Su delito? Hacerse cargo de la edición y venta de libros, entre los que existen algunos que tratan sobre el revisionismo histórico, política y pensamiento de vías nacionalistas. Es indiscutible que este tipo de literatura hace un diagnóstico socio-cultural en que salen a la luz muchos aspectos que vulneran la pretendida impecabilidad y corrección tanto del sistema en su conjunto, como el de sus peculiares interpretaciones históricas. El material que brinda la Librería Europa, de la cual Varela es propietario, más allá de si se acabe coincidiendo total o solo parcialmente con sus contenidos, en realidad, visto desde una perspectiva que toma en cuenta las reglas del juego en democracia, tan solo constituiría la existencia de una alternativa, un espacio, dentro de la pluralidad.
La democracia liberal blasona laicismo, relativismo y agnosticismo. Sus defensores intelectuales la conciben como una forma racional y civilizada de gobierno. El ágora del debate, por antonomasia. Sin embargo, en casos como el de Varela, es decir, cuando detectan alguien que de forma decidida, activa y pública, se atreve a negar la validez de algunos de sus fundamentos o principios, o fomenta la revisión de sus dogmas, las reglas  ordinarias del juego se suspenden y las élites hacen acopio de otras normas de orden superior, según su punto de vista y conveniencia. Quien normalmente debería ser visto como otro socio más dentro de la sociedad democrática, como un contrincante con quien se pudiera discutir, con su propio espacio y libertad de expresión, se convierte en un enemigo a contener, neutralizar o aniquilar, si fuera necesario. Y es que, recuérdese que antes de llegarse a la muerte, existen otras formas sutiles (o no tanto) de ir aniquilando a una persona. La persecución, la difamación, las querellas, el ostracismo, el irrespeto a su dignidad o a sus identidades, pertenencias, proyectos, seres queridos, la división, la coerción, el despliegue de gente que se le ponga en contra, insultando, burlándose, poniéndole trabas, el agotamiento y así tantas otras posibilidades de afectarle, pueden ir acabando con la moral, la estabilidad intelectual, emocional e incluso, con la vida de quien se enfrente de forma constante a estos escollos.
He escuchado varias conferencias de Don Pedro Varela. No ignoro su ideología política. No la comparto, pero también me atrevo a reconocerle aspectos positivos y aciertos a concreciones históricas de dicha ideología. Con todo, debo decir que más que promocionar a un partido o movimiento político específico  reduccionistamente, a Don Pedro lo que le he escuchado con delectación y admiración por su elocuencia, es la divulgación de principios y valores occidentales tradicionales. Liderazgo, amor a la propia identidad, respeto a las ajenas, defensa de la vida, valoración de la belleza en el arte, cultivo del espíritu de compromiso con los grandes ideales, asumir el sacrificio, no aceptar la decadencia, luchar por causas justas, buscar la superación personal, estudiar nuestra historia e incentivar nuestro intelecto. Esto y más, son contenidos constantes en sus discursos.
 
El talante del líder abnegado, del católico sincero, del divulgador comprometido, del revisionista serio, que nos demuestra de Don Pedro, a mi juicio, cubre con creces los yerros o las cuestiones con las que no logremos coincidir. ¡Cuán lejos, a Dios gracias, del espíritu muelle, hipócrita, pragmático, utilitarista, cobarde, minimalista, burgués, pagado de sí mismo, oportunista, maquiavélico, imbuido de falsos respetos humanos, sofístico, que encontramos en tantos pensadores y políticos que por más extravagancias, mentiras, errores y doctrinas perniciosas que defiendan, no solo no son acosados ni sancionados por la policía del pensamiento del sistema, sino a veces, se les congratula y brinda posiciones privilegiadas!
Desde el Pulgarcito de América, como hijo de la España eterna, hago público reconocimiento de este luchador, quien a pesar de sufrir tantos problemas y persecución, se mantiene en pie, con entereza y dignidad. Estamos en horas de tinieblas y ocaso civilizatorio. Don Pedro Varela es de los profetas que denuncia los males de nuestra época, pero asimismo, invita a vivir, con sus palabras y ejemplo, en la fidelidad a las causas nobles. Nuestra consigna actual es resistir. Aun sabiendo que fuera de una intervención divina, no vamos a ganar. El ejemplo de Varela nos sirva de ejemplo y acicate. Elevemos plegarias para que se mantenga firme e incluso, crezca en conocimiento de la verdad y en la gracia de Dios, con la fuerza necesaria para no cejar nunca aún con el costo de su vida. Pidámoslo también para nosotros mismos.
Roberto López Geissman

 

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